Medialab Prado

Compartir

Aproximación a Medialab-Prado: Miguel Álvarez-Fernández

Como parte de las actividades del grupo de trabajo Pensando y haciendo Medialab-Prado hemos iniciado un proceso de recogida de información para que colaboradores y usuarios expliquen qué es para ellos y qué les gustaría que fuera el medialab.

Problemas de crecimiento (o “morir de éxito”)

La escala hace el fenómeno. Esta frase, que por lo visto gustaba de recordar el humanista de origen rumano Mircea Eliade, puede servir como punto de inicio para una reflexión acerca del proyecto Medialab-Prado, su evolución y, sobre todo, su prospectiva.

Cambios de escala son, ciertamente, los que se avecinan en el futuro más inmediato de Medialab-Prado. Pero también puede afirmarse que el tejido cultural de Madrid —la ciudad matriz donde Medialab surge y cobra sentido— testimonia, de un tiempo a esta parte, algo parecido a una redefinición estructural, o —cuando menos— nuevas formas de articulación interna, cuyo resultado bien podría compararse a un cambio de escala, en tanto que su forma de manifestarse en la consciencia ciudadana se está viendo alterada.

Ya que Medialab-Prado nació y se ha venido desarrollando a través del diálogo (o, cuando ello no ha sido posible, de la mera interlocución) con otras instituciones bien diferentes entre sí, parece oportuno rememorar, aquí, algunos de los recientes cambios de escala experimentados por algunas de esas iniciativas, con el objeto de contextualizar mejor dónde se incardina la metamorfosis que Medialab está llamado a atravesar.

Para cotejar esos distintos procesos de transformación, siempre traumáticos, hemos escogido cuatro “estudios de caso” que, a su vez, representan modelos de producción, gestión y difusión cultural (así como estructuras jurídicas) bien diferentes: Menosuno e In-Sonora (dos asociaciones culturales), Agentes Artísticos Independientes de Madrid (un proyecto de federación), Intermediae (una institución de derecho público) y La tabacalera de Lavapiés (un proyecto de autogestión).

 

Menosuno / In-Sonora: frente al problema de la escalabilidad

Comenzando por el caso de Menosuno e In-Sonora, es difícil encontrar un mejor ejemplo de cambios de escala tan perceptibles en el panorama cultural madrileño. Perceptibles, decimos, tanto por la enorme visibilidad que los dos proyectos, el Espacio Menosuno y la muestra In-Sonora, han alcanzado, como por el históricamente breve lapso de tiempo en el que tales cambios han acontecido. La imagen de la Alicia de Lewis Carroll ingiriendo sus pociones puede venir a la mente como metáfora de estos procesos, sin excluir la posibilidad de que los hechos que intentamos describir contengan algo de alucinación lisérgica, de ensoñación maravillosa, o por lo menos de fantasía hecha realidad.

El trabajo de Maite Camacho y de Mario Gutiérrez, artistas devenidos gestores culturales, y valedores (refrendados por todos los miembros de la Asociación Cutural Menosuno) de los dos proyectos a los que nos referimos puede calificarse tanto de real como de fantástico. Su tesón en convertir la plataforma representada por una asociación civil de tipo cultural, Menosuno, en uno de los actuales referentes para la creación joven en Madrid (y, en otra medida, también más allá) ha producido unos resultados objetivamente sorprendentes.

Pocos nos esperábamos que, a través de una política curatorial que podríamos describir como “intensiva” (articulada a través de innumerables exposiciones cuyas inauguraciones prácticamente se agolpan en el calendario), pudiese aparecer —“emerger” parece ser otro término de moda— tal profusión de artistas de tan variado pelaje como los que han transitado por el espacio expositivo de la calle de La Palma, 28 —atrayendo consigo, además, públicos igualmente variados, y en muchos casos en absoluto cercanos al mundo de la creación artística—.

Y no menos sorprendente resultó —incluso para los propios iniciadores de la propuesta, hasta donde sabemos— la acogida de que disfrutó una determinada convocatoria, enmarcada dentro de ese intensivo programa expositivo al que nos referíamos, y enfocada al “arte sonoro e interactivo”. Tal fue el éxito de In-Sonora en cuanto al número de propuestas recibidas y a la acogida del público madrileño, que andando el tiempo —y hablando de cambios de escala— In-Sonora hubo de escindirse administrativamente del proyecto desde donde había surgido, para convertirse en otra asociación civil formalmente autónoma respecto a Menosuno.

No podemos describir aquí todos los hitos que la evolución de estos dos fascinantes proyectos, Menosuno e In-Sonora, ha recorrido. Pero sí debemos apuntar, por considerar este hecho muy relevante dentro del contexto que nos ocupa, que actualmente ambos proyectos, Menosuno e In-Sonora, están sumidos en una profunda crisis institucional. El carácter personalista de ambos proyectos (que como se ha mencionado, en gran medida se han mantenido en pie debido a los enormes esfuerzos individuales de Maite Camacho y Mario Gutiérrez) ha obligado a que el distanciamiento de ambos gestores de estos proyectos (un distanciamiento que puede entenderse derivado, entre otras cosas, precisamente de la enorme intensidad del trabajo realizado en estos últimos años) exija redefinir profundamente las estructuras de trabajo y los planteamientos operativos y estéticos de Menosuno y de In-Sonora.

Paralelamente, en el caso específico de In-Sonora, la tendencia de esta muestra a ramificarse a través de más y más sedes cada año (un aspecto que sin duda ha contribuido a su enorme difusión y popularidad) ha tenido que frenarse y hasta contraerse en la última edición, pues las dificultades derivadas de la compleja coordinación de los eventos en múltiples espacios habían devenido insostenibles para el reducido equipo de In-Sonora.

Como estos apuntes intentan mostrar, el crecimiento experimentado por lo proyectos Menosuno e In-Sonora en los últimos años ha provocado que el volumen de trabajo exigido para su continuidad resulte insostenible para la estructura organizativa que hizo posible tal crecimiento. Es precisamente al carácter paradójico de este fenómeno —y a un riesgo tan fatídico como real— al que pretende hacer referencia la expresión “morir de éxito” del título de este texto.


Agentes Artísticos Independientes de Madrid (AAIM) frente al problema de la espectacularidad

El caso de los Agentes Artísticos Independientes de Madrid guarda una estrecha vinculación con Menosuno e In-Sonora, en la medida en que estas dos asociaciones forman parte, junto a unas diez más, de la plataforma AAIM. Ésta intenta aglutinar a distintos “agentes que vienen desarrollando activamente estrategias innovadoras en la comprensión y la creación de cultura contemporánea en la Ciudad y la Comunidad de Madrid”, según su propia definición, que también especifica lo siguiente: “Integran AAIM asociaciones sin ánimo de lucro dedicadas a la gestión de proyectos de cultura contemporánea, coordinación de espacios, comisariado de eventos, edición de publicaciones, celebraciones de encuentros, emisiones de radio… En definitiva, generadores de acciones/realidades que involucran tanto a los agentes culturales como a los ciudadanos de a pie de modo horizontal y participativo, a los que mueve la necesidad de sacar a Madrid de la indiferencia y provocar cambios sustanciales en la implicación ciudadana con su propia cultura”.

Un proyecto, el de AAIM, que también está experimentando profundos cambios internos, que en este caso alcanzan una proyección jurídico-administrativa diferente. Mientras que en el caso de Menosuno (y posiblemente también de In-Sonora) los cambios de esta índole parece que simplemente se traducirán en simples modificaciones de los respectivos estatutos (e incluso puede que finalmente sólo terminen afectando a la composición de las juntas directivas de ambas asociaciones), la AAIM se encuentra ahora en el trance de convertirse en una federación (esto es, una suerte de “asociación de asociaciones”). Más allá de la trascendencia jurídica de este hecho (muy leve, por otra parte), lo que sí permite traer a colación la situación actual de AAIM es el tipo de interlocución que una plataforma como ésta puede mantener con (y esperar de) los poderes públicos.

La propia motivación para que la AAIM se constituya en federación viene originada, precisamente, en la necesidad del reconocimiento de una personalidad jurídica única a este “colectivo de colectivos” por parte —sobre todo— de las administraciones. Pero, insistimos, no nos preocupa aquí tanto este hecho en sí mismo como lo que sí puede representar respecto a la difícil articulación de la comunicación entre determinados “generadores de acciones/realidades” y las entidades públicas llamadas democráticamente a administrarlas (verbi gratia, el Ayuntamiento de Madrid).

Obviamente, la situación particular de Medialab-Prado, como institución vinculada a (y dependiente de) el Ayuntamiento de Madrid, no es en absoluto comparable a la de AAIM, si bien ciertos problemas de fondo respecto a la interlocución de los agentes culturales (privados y públicos) con las administraciones —problemas con profundas implicaciones estéticas, políticas y sociales— sí pueden entenderse, pensamos, como compartidos.

Un buen ejemplo de lo que intentamos expresar se manifestó en la participación de AAIM dentro del evento anualmente auspiciado por el Ayuntamiento de Madrid bajo el título La Noche en Blanco, en su edición del año 2009. Significativamente, ese evento representó la primera intervención pública de la AAIM bajo esas siglas, y su participación se canalizó mediante la propuesta 364 noches sin blanca, que los propios Agentes describieron como “un proyecto de posicionamiento crítico y visibilización, que reivindica, en una noche espectacular, el trabajo silencioso y en gran medida invisible que se realiza desde los proyectos comprendidos dentro de la amplia noción de "alternativo", en la producción, gestión y difusión del arte. Una tarea constante de generación de tejido y producción de cultura en nuestra ciudad”.  

La conexión de este caso particular con la cuestión que aquí nos atañe tiene que ver con la inevitablemente problemática relación entre el proyecto Medialab-Prado y las políticas abiertamente “espectacularizantes” (en el sentido debordiano de la expresión) tan características del Ayuntamiento de Madrid.

De nuevo los cambios de escala pueden, en el peor de los casos, representar un gran riesgo para que las líneas de trabajo emprendidas desde Medialab (y enfocadas, principalmente, a la creación de redes de vocación estable que propicien el conocimiento compartido entre ciudadanos de los más diversos perfiles sociales, intelectuales y estéticos) puedan erosionarse al quedar subsumidas en una estructura mayor, y convertirse en un objeto mucho más suculento y tentador para las mencionadas tendencias “espectacularizantes” o, directamente, electoralistas.

La situación de una plataforma eminentemente civil como AAIM —que, por cierto, no participará en la edición de 2010 de La Noche en Blanco— respecto a las mencionadas tendencias no es, por suerte o por desgracia, comparable a la de una institución como Medialab, y por ello parece necesario arbitrar los medios y las medidas oportunas para que, ante el nuevo y luminoso escenario que ahora se abre ante Medialab-Prado, ciertas distancias se sigan manteniendo, y asi Medialab pueda continuar desarrollando, a su vez, su propio “trabajo silencioso y en gran medida invisible”.

 

Intermediae frente al problema de la visiblidad

Son también cuestiones relacionadas con la (in)visibilidad las que nos animan a incorporar a estos apuntes el caso de Intermediae. La situación de esta iniciativa es fraternalmente análoga, en varios sentidos (sobre todo el jurídico-administrativo), a la de Medialab-Prado. También Intermediae afrontará, en fechas próximas, importantes cambios. Pero, obviamente, existen notables diferencias en los respectivos proyectos institucionales de cada uno de estos centros, como también en las concepciones estéticas, sociales y políticas que aquellos proyectos aparejan.

Ahora y aquí, más que en todo eso, nos concentraremos en otro aspecto, relacionado con la proyección externa de esas concepciones, lo que hemos denominado visibilidad —intentando referirnos a cómo esas concepciones se manifiestan ante la ciudadanía en general, así como ante otros agentes sociales (por ejemplo, los medios de comunicación, sean de vocación masiva o especializada, y también ante otras instituciones, privadas o públicas)—. Intermediae, un proyecto tan complejo como absolutamente desacostumbrado en nuestro entorno, viene planteando desde sus inicios formas inéditas de relación entre la institución y la ciudadanía (entendida, sobre todo, a través de la población del barrio de Legazpi), así como con los diversos tipos de productores culturales y con otras instituciones.

Intermediae intenta trascender determinados paradigmas muy vigentes, tales como un modelo de subvención que no entraña mayor relación con la institución que una dotación económica (modelo tipo “Toma el dinero y corre” al que, hasta ahora, nos tienen acostumbrados, en general, las administraciones públicas), o como el modelo imperante de espacio expositivo (que a su vez implica un modelo de producción artística no sólo objetual —y, en esa medida, fácil de mercantilizar—, sino a menudo también tendente a la “espectacularización”). Está resultando muy difícil trasladar las razones y objetivos del rechazo de esos y otros paradigmas similares no sólo a los medios de comunicación masiva (cuyos marcos de representación son notablemente sólidos e inamovibles, sobre todo respecto a aquellos discursos que se apartan —siquiera levemente— de las consignas tácitas o explícitas del tardocapitalismo), sino también —y sorprendentemente, o no— a la comunidad artística.

No nos corresponde ahora ahondar en estas dificultades propias del proyecto de Intermediae. Pero sí contrastarlas con las afrontadas por Medialab en este dominio. Siendo muy distinta la situación de Medialab (institución ajena a un contexto como el de Matadero Madrid, y a encrucijadas político-administrativas tan problemáticas como la gestión de las ayudas del Ayuntamiento), debe reconocerse que este proyecto ha conseguido una mayor proyección mediática (o “visibilidad”) que Intermediae. Los caminos recorridos por una y otra institución han sido, en este sentido, muy distintos —por ejemplo, la gestión de los recursos relacionados con Internet como herramienta de difusión ha resultado clave en la estrategia de comunicación de Medialab—, al igual que los logros alcanzados. Ahora bien, debe reconocerse que ello se ha conseguido a cambio de una negociación más o menos intensa, en cada caso, con las ya aludidas estructuras mediáticas de representación.

Así —y ciñéndonos al caso particular de Medialab-Prado— cuesta refutar que la reseñable incardinación mediática del proyecto, así como su notable difusión a través de ciertos medios, ha sido el resultado de incrustar determinadas representaciones del tipo de actividad que promueve y canaliza Medialab en clichés tales como el de “laboratorio de científicos locos (Mad Scientists)” u otros parecidos. Ciertamente, los “usuarios” frecuentes del Medialab sabemos perfectamente que la tecnología no es, ni mucho menos, el eje principal de las reflexiones articuladas a través del Medialab (o, al menos, que las nociones de tecnología sobre las que se reflexiona y se discute en Medialab no son necesariamente las imperantes en el contexto de las representaciones mediáticas masivas de esa noción). Pero lo que se pretende diagnosticar a partir de estas reflexiones es el riesgo consistente en que los próximos cambios que se ciernen sobre Medialab y su inminente ampliación de escala —que indudablemente atraerá una mayor atención mediática sobre el proyecto— generen y extiendan una representación tan simplista y caricaturesca de Medialab que pueda llegar a alterar, acortar o dificultar la evolución del proyecto. Ello sólo puede ser prevenido y, en su caso, paliado, a través de la reflexión acerca de cómo deberían modularse las estrategias de comunicación para evitar, apelando de nuevo al título de este texto, “morir de éxito” (mediático).

 

La tabacalera de Lavapiés frente al problema de lo público

Concluimos estos apuntes con la alusión al experimento social, político y estético más extraño e ilusionante de los que ha podido ser testigo Madrid en los últimos años. Las diferencias entre La tabacalera de Lavapiés y Medialab son bastante obvias, pues en el primer caso nos encontramos ante un proyecto de centro autogestionado que, si bien puede encontrar ilustres precedentes en el contexto madrileño, ninguno de ellos se aproxima a su escala (entendida ésta no sólo en términos arquitectónicos).

La posible analogía que pueda trazarse entre Medialab y La tabacalera de Lavapiés se ubica en el marco de las problemáticas relaciones de cada una de estas instituciones con la esfera de lo público. Ambos centros están forzosamente llamados a entenderse con las respectivas instituciones públicas que han hecho posible su existencia, al menos en su forma actual (Ayuntamiento de Madrid, en un caso, y Ministerio de Cultura del Gobierno español, en el otro). Ya nos hemos referido a la relación, siempre delicada, del Medialab con el Ayuntamiento, y más específicamente al carácter paradójico que necesariamente entraña alentar —desde una institución pública— propuestas que, en última instancia, aspiran a criticar o censurar actuaciones de ese mismo poder político que las alimenta.

El proyecto de Tabacalera propone una relación bien distinta con los poderes públicos, en cierto sentido inversa simétricamente a la de Medialab, pero tal vez igualmente paradójica —y en esto podría radicar una analogía entre los dos proyectos—. La marcada naturaleza anarquista de los planteamientos en que se funda Tabacalera (lo que se manifiesta, por ejemplo, en la renuncia expresa a cualquier tipo de subvención pública) produce un curioso efecto en virtud del cual es posible, al cerrar los ojos mientras se escuchan ciertas palabras de los coordinadores del proyecto, visualizar a políticos como Esperanza Aguirre, quien —como es sabido— también profesa un marcado rechazo hacia las subvenciones y todo lo que representan.

Dejando aparte estas posibles analogías, y reconociendo que los fundamentos ideológicos de las diferentes posiciones políticas antes evocadas pueden ser muy diferentes pese a que ciertos “efectos de superficie” se asemejen mucho, lo que sí parce demandar la situación actual del proyecto Medialab-Prado en un contexto político tan rico y complejo como el de Madrid es una reflexión profunda —que incorpore una irrenunciable dimensión autocrítica— acerca de la propia noción de “lo público”. Ese análisis deberá acompañarse del de algunos conceptos que se desgajan de la citada noción, como “responsabilidad”, “servicio”, “subsidiariedad” y otros similares que, en último término, quizá no hagan sino recordarnos el carácter dialéctico que es esencial a toda manifestación del proyecto perpetuamente inacabado —y, añadamos, necesariamente frustrado— de la Modernidad (incluyendo, claro, Medialab-Prado)1

 

 
1 El presente texto, como se habrá podido comprobar, es resultado de la observación de ciertos indicios (siempre parciales e incompletos, cuando no directamente erróneos) cosechados por el autor sobre los proyectos Menosuno e In-Sonora, Agentes Artísticos Independientes de Madrid, Intermediae, Tabacalera y, por supuesto, Medialab-Prado. Tales indicios se han vislumbrado desde esa ambigua posición que es la de un perpetuo colaborador externo (imagen que alguien comparó con la del francotirador, aunque también se aproxima a la del agente doble). El autor confía en que esa posición —sin duda derivada de una vergonzosa incapacidad para el compromiso continuado con, o dentro de, cualquier institución— no invalide a priori los argumentos aquí lanzados (por errónea que haya sido la apreciación de los fenómenos descritos) y, sobre todo, que no se entienda como algo incompatible con la más profunda admiración por el trabajo de individuos tales como Maite Camacho y Mario Gutiérrez, Javier Martín-Jiménez, María Bella y Frank Buschmann, Jordi Claramonte y David Rodríguez o, por supuesto, Laura Fernández y Marcos García, o Juan Carrete —junto a todos sus respectivos equipos y colaboradores—.
Condiciones de uso